El sexo, yo y mi otro yo.

No hay manera de pensar en mí como alguien a quien no le gusta el sexo. Es hasta difícil mantener una conversación conmigo sin que mencione tetas o pija, o whatever that may come along. Lo disfruto, lo predico, lo busco, lo tengo, lo guardo, lo clasifico, lo mido, lo analizo, lo amo. Me educo y reeduco, me interiorizo en nuevas formas y aprendo sobre otras tantas nuevas, no te digo a diario, pero realmente es algo que consumo todo el tiempo. Diría que todos los días pienso en sexo, mínimo dos veces.

Soy una pajera. Así nomás.

Incluso, soy esa clase de mujeres (no tan especiales) que tienen fama de trolas, o de putas, o de liberales, o simplemente de mina que la gente se suele querer coger. No es que sea en particular más linda que otras, sino que tengo un sex appeal particular. Yo lo sé, mis amigos lo saben, la gente en los bares lo sabe, mis padres lo saben. Siempre funcionó así para mí, me acuerdo de entrar al secundario y que los tipos de 25 para arriba me miraran “raro”. Mis compañeros no, ellos buscaban hembras de su especie y clase, pero los “hombres” no. Yo tenía el no sé qué, yo era sexy, sin tratar. Me tomo mucho tiempo entender eso, no solo que era lo que pasaba, sino que era algo útil y que no estaba mal. Me tomo años. Creo que todavía me siento culpable o rara o mal o incomoda con eso a veces. Pero hoy vamos a explorar otros temas, hoy quiero hablar de sexo.

Como se imaginarán, no fue difícil encontrar gente con la que efectivamente acostarme. Hombres y mujeres han perfilado una serie de líneas de levante que puedo enumerar y responder de formas ingeniosas e irónicas, para pasar a lo que realmente estamos todos buscando, y se me hace muy divertido ese juego, el histeriqueo previo. Me gusta la batalla de poder por sobre quien tiene más huevos, sobre quien es más ocurrente, quien deslumbra más al otro; porque por sobre todas las cosas me gusta ganar siempre. Y ser mejor que otro siempre es un placer, en especial cuando el premio es un orgasmo.

Ahora, a pesar de todo, a pesar de las risas, los orgasmos, las noches en vela, el éxtasis y todo; nunca me siento tan sola como cuando cojo. Nunca me siento tan vacía, tan descartable y tan desamparada como cuando tengo sexo.

Tuve novios y novias que me han querido mucho, que yo amé profundamente. Pero no. Me siento lejos. Me siento no querida. Me siento tonta, usable, me angustia. Y de verdad, créanme cuando les digo que me gusta el sexo, muchísimo. Soy re kinky y fetichista y miro cada culo que me pasa cerca, de verdad. Pero una vez que lo hago, no puedo sentir amor del otro lado. Siento la calentura, siento las ganas de matarme a mordiscones, a cagarme a trompadas, las ganas de hacerme gritar, eso lo veo todo, todo el tiempo. Siento que me cogen como uno coge con alguien a quien no planea volver a ver.

Quizás, es que debajo de todo mi cinismo y dureza, la niña que llora con Mujer Bonita, vio demasiadas comedias románticas, quizás solo quizás, los años de terapia no hicieron tanta magia, quizás las huellas del abuso no me dejan en paz aún. Quizás, quizás, quizás.

Pero el punto es que, me siento sexy, me siento segura, me siento deseable, pero me siento unloveable. Incluso si al otro día me hacen el desayuno, si al otro día me despiertan con un beso en la frente, si bailan un tango conmigo en la explanada del Obelisco, no sé qué es, pero sé que a mí no me pasa. Las escucho a mis amigas, leo los libros, miro las películas, y después tengo mi vida. Y veo como los ojos del otro se cargan de lujuria, de lascivia. Se llenan de sangre que muta como luna en el agua, y el reflejo corporal que se moja y crece, siento vibrar mi cuerpo con el tacto con la otra piel, siento como me sube como una fiebre de abajo hacia arriba, de la cabeza al resto del cuerpo. Y siento también como la otra persona se desfigura, siento al otro transformarse, dejarse ser y volverse un montón de espasmos que ordenan y comandan, y que yo sigo diligentemente como un soldado a su capitán. Quizás es el miedo a decir que no. Quizás, ni siquiera es miedo ya, es resignación, la de haber aprendido que si decís que no da lo mismo, quizás es que siento que no tengo derecho a decir que no. Quizás en realidad es un delirio mío y si son un amor. Quizás es que entiendo que es parte elemental de las relaciones humanas, y si no me cogen así que es como les sale cogerme, no tengo oportunidad de que me quieran en el proceso. O de que aprendan a quererme. O a mí de dejarme querer. Quizás es la amargura y la decepción que me hace sentir así de descartable. La parte graciosa e increíble es que, no la paso mal en lo absoluto, de verdad me gusta coger. Pero no sé, espero alguna vez sentir algo más que éxtasis. Soy como un adicto a algo que no conoció nunca, no sé. Se supone que eso que estoy esperando es lo que te pasa cuando la pasas bien de verdad. Yo de mientras sigo probando. Creo que no pierdo nada. Creo.

2 comentarios en “El sexo, yo y mi otro yo.

  1. Siempre leo lo que escribís, y nunca se me había dado por comentar, pero esto que describís acá me recordó a una charla que tuve hace un tiempo con una amiga con la misma… Inquietud, si se quiere. Yo le expliqué que si me siento así como vos decís que no te pasa, y al preguntarle si alguna vez lo había experimentado, me dijo que no, que alguna vez podía haber creído que si, pero nunca había tenido “sexo con cariño”. Curiosamente o no, ella también vio toda rom com que se precie. No soy de quienes piensan que aun no encontraste a la “persona ideal” ni ninguna tontería similar, y tampoco creo que hayan cosas ahí esperando a ser sentidas por todos. El sexo y el amor son nuestras únicas armas para defendernos del olvido de la muerte, y aunque sea por separado, contas con ambas… es algo. Para todo lo demás, hay una canción que dice: “I’ve chosen to embrace all the things that I cannot change, but I’m not sure if this helps, to relieve you from bitterness”. Seguro no vuelvo a comentar, pero seguiré leyendo, desde ya. Saludos.

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