Todavía no sé como relacionarme con la gente.

Yo no tuve computadora hasta pasados los quince. Podría verlo como un mérito, pero en mi caso fue simplemente cuestión de status social.

Alrededor de los trece años, motivada por mi pasión por la literatura y una pobre habilidad para, no sólo relacionarme con el resto, sino también para expresarme, empecé a escribir. Escribía horrible. Era en extremo sensibilero y poco concreto, creía que si hablaba de las miserias del mundo y todo lo lúgubre y todo lo sacro parecía una persona sensible y honesta. Cualquiera.

Pero más allá de mis tempranas y fallidas experiencias como comunicadora, escribir era inmensamente terapéutico. Me dio la chance de transferir la vasta cantidad de pelotudez e histérica adolescente que me hervía adentro, y también la habilidad de ser menos impulsiva, de pensar dos veces las cosas que hacía y decía. La chance de editarse en la vida real.

Los talleres literarios, hojas y hojas y hojas de poesía de quinta categoría, las interminables y hasta incoherentes entradas en cuadernos, libretas, anotadores y servilletas. Todo servía. Supongo que sigue siendo cierto.
Incluso hoy en la época de la digitalización, y yo siendo alguien absolutamente fascinada con las formas y medios de comunicación de nuestro siglo, llevo a donde vaya al menos dos anotadores, y escribo ésto en mi máquina de escribir. Old habits die hard.

Hay algo en lo que sigo siendo terrible. Diez años después de haber empezado a escribir y siete años después de tener una computadora: sigo sin saber como relacionarme con la gente.
Si me conocés irl, supongo que probablemente me estés puteando y diciendo “¿Rain? ¿No saber hablar con un otro? SE LA PASA HABLANDO”.
Y sí, tenés razón. Me la paso hablando… De mí.

Y no es bajo ningún concepto falta de interés, ni ego manía, ni nada similar, al contrario, probablemente esté enamorada de cualquier cosa que tengas para decirme; sino que a pesar de todo éste tiempo practicando, sigo sin saber como relacionarme con los demás, y todos mis intentos de aprender fueron en entradas de diarios y blogs.

Te pido perdón a vos, lector, si alguna vez te dí a entender que lo que tengo para decir vale más que cualquier otra cosa tuya, aprendí a ser una gran lectora, pero soy una pobre, pobrísima oyente.

Irónicamente, tengo un 40% menos de audición en un oído, pero no voy a ser tan caradura de culpar eso. Sólo que es ésta necesidad de seguir hablando de mí.

Con el paso del tiempo, (sin restarme culpa) me dí cuenta que es un problema general. Desaprendimos el arte de la conversación. La generación del píxel y el bit, aprendió a dar monólogos de forma grandilocuente, aprendió a definir con literatura cuestiones apegadas a los sentidos, llevando el lenguaje a lugares increíbles, haciéndolo construir universos con sólo ceros y unos. Pero igual, todas nuestras voces resuenan como cacofonías disonantes e un tono común “mi” (¿Muy malo?).

A los quince, empecé a tener amistades por correspondencia, en un intento desesperado por relacionarme con otros de formas que no podía con la gente que tenía al lado. Tenía más de un receptor de mis cartas, pero ninguno como ella (voy a decirle ella por que la tengo en facebook y me gusta darme un aire de misterio). Ambas de quince años, ambas en una búsqueda literario-espiritual, sexual, sensual y sensorial.

Ambas buscando en la otra algo de esa liberación corporal post-coito, post-pucho, ese rush de adrenalina que te acelera la sangre, pero al mismo tiempo decrece el pulso cardíaco. Buscábamos el fuego en la otra.

Al principio era todo sutil e inocente, obvio. Nuestro amor por los poetas clásicos y los autores del siglo XVIII y XIV, nuestras incontables recomendaciones, nuestras críticas, nuestras aspiraciones. Poco a poco, el hambre por las letras empezó a mermar y la sed por la otra creció como la sudestada. Empezó ella. Emily Dickison. Cartas atrás, habíamos estado discutiendo sus poemas sobre si era torta o no. Todo quedó bastante claro. Me pidió una foto y se la mandé. Uno necesita una cara para la fantasía.

Y su respuesta fue y creo que cito “Espero no ponerte incómoda con ésta osada asociación pero me resulta inevitable ver tu foto y no pensar en ésto”. Acto seguido en la carta había una página arrancada de un libro con un poema, pegado sobre la carta plagada de perfume. Nunca antes me había mandado una carta con olor a perfume. Shits got serious.

No les voy a decir cual fue el poema, por que el tono de sus versos fue para mí y solo para mí. Incluso habiendo sido escrito siglos atrás. Probablemente se pregunten si nos vimos alguna vez. Me gusta terminar los párrafos con incógnitas.

Tiempo más tarde, mi casa entró en el siglo XXI y tuvimos una computadora con conexión a internet. Pasaba días enteros pegada a la pantalla entre .pdf, MySpace, VampireFreaks y deviantART. Si antes era inadaptada social, ahora me volví una ermitaña absoluta.

Pero mi creciente incapacidad para relacionarme con la gente en el mundo real (excepto mis compañeros en las interminables mesas de rol), encontré que no era la única. Que estaba rodeada de otros que sólo podían expresarse a través de la palabra escrita. Y me sentí en casa.

Como todos, tuve un blog, y todavía me gusta entrar de tanto en tato para comparar lo terrible que era y lo mala que sigo siendo (aunque menos mala). Pero lo que no cambió, sigo siendo mala para chatear. Se re nota. Ahora, mails? Pfff.

Una noche, que en su perfil de MySpace decía “Wannabe writer, night owl, batmans loveraleatoriamente y sin habiendo hecho contacto previo, me manda un privado con una frase de Anaïs Nïn: “I am lonely, yet not everybody will do. I don’t know why, some people fill the gaps and others emphasize my loneliness. In reality those who satisfy me are those who simply allow me to live with my idea of them.”

El crush fue instantáneo. Día tras noche, revisaba la casilla de mensajes religiosamente en búsqueda de sus respuestas, leía, remarcaba y memorizaba líneas y frases para responderle de la forma más interesante pero elocuente posible. El principio del sexting.

Ambas empezamos a hablar con la otra como un experimento, un ejercicio de escritura incluso. Eran monólogos brillantemente escritos entre personas que querían llegar a la otra, tocarse la una a la otra pero sin poder hacerlo. Y sin saber que sentía la otra, descansaba nuestra incapacidad de sentir algo también.

Éramos dos chicas muy solas, que encontraron por un tiempo, alguien en quien mezclar la pasión por la escritura con algo parecido al amor platónico, al amor a la idea.

Pero la peor parte, era nunca saber si era real o no. Por que está escrito y está ahí, pero no. No lo podés ver. Tenés que creer que la otra persona realmente siente lo que te typea. Tenés que creer como en un cuento de hadas y cuando estás sola y sos una adolescente que necesita que la quieran, creés todo. Y de cualquier otra forma, sino estos mensajes no tendrían funcionalidad, no tienen tono, no tienen cuerpo. Son un montó de pixeles y bits en un lenguaje de ceros y unos.

Yo me había escrito muchas cartas antes, pero el mail y la carta tienen una distancia enorme. Hay algo en ese papel que la otra persona tuvo en la mano, que se tiñe con su perfume, en el cuidado que le pone para hacer legible su letra, en el recorte y pegado de los poemas elegidos. En ese viaje en micro, bici, avión o tren, durante días hasta llegar a la puerta de tu casa. Y en esa corporalidad de romperlo o cortarlos para poder leerlo. Esa humanidad intoxicante en la anticipación y la espera de la respuesta, como una droga casi. En esa posibilidad de acostarse mirando el techo y releer hasta el infinito. En ese olor del papel que estuvo antes en sus manos. Manos, que gracias a ese papel y perfume, están más cerca de las tuyas.

Una conversación por chat, tinder o facebook… Es esquiva, monosilábica, efímera.

Y si bien, aparenta una carencia de toda emoción que la escritura manual nos regala, seguimos escribiendo con la esperanza de que el otro nos dé una respuesta agradable sobre como nos vemos hoy, o como nos tocamos con su idea. Estamos buscando mucho más que alguien con quien ir hasta donde el deseo nos conduzca. A veces es un amigo. A veces es un terapeuta. Alguien con quien discutir de cine. Alguien con quien mandarse cartas sobre poetas muertos. Pedimos por alguien que nos conecte y nos obligue a reforzar esos guiones imaginarios de como nos vemos a nosotros mismos con esa persona, o en su imaginario. Y así, la mente nos juega trucos, por que todo es ideal y perfecto y bello, igual que cuando te mirás al espejo en el probador de falabella.

Pero cuando la gratificación instantánea se lava, cuando ya no te alcanza con ese .gif de 3 segundos repetido una y otra vez. Mientras esperás por más retwits y seguidores en facebook, empezás a desear una presencia y a veces una permanencia.

Es fácil masturbarse, física y mentalmente. Y es aún más fácil liberar endorfinas por alguien que nunca conociste. Por que saben que decir y tienen una respuesta rápida en esa pantalla de 4,7 pulgadas que llevás a todos lados.
Uno pensaría que el sexting no tiene nada que ver con el romance, pero cuando a una conversación le falta la voz, es más fácil pintar al otro como la Monalisa.

Así que por favor te lo pido, hablame. Si teés mi número de celular llamame y leeme una página del libro que estás leyendo ahora, mandame un whatsapp cantando el estribillo de tu canción favorita, decime una quote en el chat de facebook.

Probablemente la mayor parte de ustedes no lo haga, parece como demasiado íntimo, ¿no? Todo lo contrario de un “Che negra, cogemos?“. The irony.

Uno tiene confianza de saludar a esa hermosa chica con los dientes chuecos y el vestido rojo en el bondi, pero cuando un extraño en internet (el lugar donde proyectamos todo lo que no nos animamos a decir en la vida real) quiere saber el tono de tu voz, bueno… Eso sí se siente como estar demasiado en pelotas.

3 comentarios en “Todavía no sé como relacionarme con la gente.

  1. De nuevo, no pensaba comentar, pero me gusta mucho como escribís lo que escribís. Hay una transparencia casi palpable en esas anécdotas tan cargadas de incógnitas. Aún sin específicos, es fácil entender de donde viene lo que estás diciendo, y pinta el cuadro de una persona con profundidades que la mayoría elegiría ocultar en estos días. Vos, sin embargo, la abrazas y la dejas nacer desde las puntas de los dedos. Gracias. Es muy probable que no haga caso de tus pedidos del ante-penúltimo párrafo, pero si quería decir esto, nada mas: que disfruto leerte.

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  2. jajajaja este post es muy gracioso
    me da gracia porque me parece que en cierta forma identificarme con lo que decís
    las profundidades son geniales pero creo que no hay que olvidarse de salir a la superficie
    a respirar…………….

    también está bueno no esperar tanto del otro, de lo que se tiene enfrente, de la idea previa en nuestra cabeza
    sino más bien recibirlo entero
    y permitirse disfrutarlo

    primero se vive y después se analiza
    esa frase me gusta a mi.

    aguante tu blogui

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